jueves, 18 de febrero de 2016

IX - La niña Arabel


La niña Arabel abrió por fin sus enormes ojos -uno de cada color: verde como la menta y acaramelado como la miel- y parpadeó un par de veces antes de poder enfocar correctamente al Señor Blanco, que permanecía tumbado en la almohada junto a sus rizos cobrizos, lamiéndose en una elástica contorsión la pata trasera derecha. El Señor Blanco también parpadeó, mirándola un momento con sus ojos oblícuos de color zafiro, todavía con la lengua rosa de fuera y la pata muy estirada. Y al segundo ya estaba pasándole la lengua rosa de lija por las mejillas aún coloradas tras el sueño.
-Buenos días tenga usted también, Señor Blanco. -le dijo la niña Arabel con un susurro y una risa. Acto seguido, se incorporó sobre uno de sus pequeños codos y miró alrededor, -apartando un poco con una mano al Señor Blanco-, hasta que sus ojos se encontraron con la figura oculta entre las sombras junto al armario blanco y lila-. No me he olvidado de usted, Señor Áquila. ¡Buenos días!
La figura dio un paso, saliendo de las sombras, y se dobló por la cintura en una reverencia exagerada.
-El Cazador a sus servicios. Como siempre, milady. -dijo guiñándole uno de sus ojos dorados mientras volvía a la verticalidad. El Señor Áquila tenía el cabello negro y brillante como ala de cuervo, y la piel morena, con unos hermosos rasgos marcados. Vestía una capelina de seda negra bordada con flores y aves rapaces, camisa blanca, pantalones oscuros y altas botas de montar. Y al cinturón solía llevar un gran cuchillo de caza, con la empuñadura dorada engastada con un enorme rubí, enfundado en cuero brocado con el dibujo de un águila.
El Señor Áquila se echó a un lado cuando la mamá de la niña Arabel entró por la puerta entreabierta del dormitorio, volviendo a deslizarse entre la oscuridad como si ella pudiese verle; Arabel sabía perfectamente que nadie excepto ella podia ver al Cazador. Y se sentó sobre la colcha de florecillas rosas y azules, intentando colocar sus piernecitas tal y como había visto en alguno de los libros de posturas raras que solía usar su mamá cuando estaba nerviosa.
-Arabel, cielo, ¿ya estás despierta? -le dijo acariciando una de sus mejillas y colocándole el cabello rojizo hacia atrás.
Arabel movió con un gran ímpetu la cabeza, arriba y abajo, de modo afirmativo.
-Sí, sí, sí. Ya estoy despierta. -y se quedó mirando a mamá, esperando algo indefinido.
-Nena, es muy temprano; pero si quieres, puedo prepararte algo para desayunar. ¿Quieres?
Los ojos desiguales de la niña Arabel se hicieron todavía más grandes, más brillantes; y volvió a afirmar enérgicamente con la cabeza.
-¿Pueden desayunar con nosotros el Señor Blanco y el Señor Áquila, mami? -preguntó poniendo la cara suplicante que sabía que surtiría efecto.
Mamá se rió.
-Sí, cielo; si quieres pueden venir. Ahora métete un momento en cama, -le dijo ayudándola a introducirse entre las sábanas-, que te vendré a buscar en cuanto esté listo.

VIII - Una losa y una llamada

Sara ya era mayor. Podía notarlo por el dolor en la espalda y la horrible jaqueca que la acompañaban de vez en cuando desde hacía un tiempo; pero, sobre todo, se había dado cuenta de lo mayor que era, y que sería, por el martilleante sonido del despertador que la avisaba de que eran ya las seis y media de la mañana. No es que fuera la primera vez que se levantaba a esa hora, llevaba haciéndolo desde que había empezado a trabajar en el Centro Comercial; sin embargo, ese día, los años le habían caído de pronto encima como una losa que la mantuviese inmóvil sobre el colchón, incapaz de mover la mano para apagar el repiqueteo incesante de la campanilla del despertador. Era una losa informe, sorpresiva y definitivamente con una inconmensurable falta de sentido de la oportunidad. Como pudo, intentó echarla a un lado para estirar torpemente el brazo y apagar de una vez la alarma que le taladraba los oídos. Suspiró, cogió aire en los pulmones, y con un gran esfuerzo, se deshizo por fin de la maldita losa. “Hoy no”.-se dijo-. “No has elegido un buen día para llegar”. Y se incorporó en cama lo mejor que pudo. Levantarse y escoger la ropa adecuada fueron movimientos automáticos que llevó a cabo sin grandes problemas; igual que la ducha matutina y el vestirse. Eran cosas que llevaba haciendo sola desde los cinco años, así que veinticinco de práctica le habían servido no tanto para depurar la técnica como para poder hacerlo por fin sin cometer errores del tipo: ponerse calcetines de pares distintos o una camiseta del revés. Volvió a suspirar, lo más difícil de los días normales había pasado, pero tenía que recordar que aquél no sería precisamente un día “normal”.
Ya en la cocina, colocó un post-it en la nevera para recordarse a la sí misma del futuro que debería comprar leche, galletas, mermelada y alguna otra cosa que en ese preciso momento no podía recordar. Desayunó con la falta de tranquilidad y tiempo habitual en ella y echó los cacharros sucios al fregadero. Volvió a suspirar y miró el reloj con forma de vaca que colgaba en la pared sobre su cabeza. Las siete y media; todavía le quedaba cerca de una hora. Y se dirigió a la puerta principal del apartamento con una sonrisa que no terminaba de comprender, pues realmente empezaba a sentir esas libélulas en la barriga, las que notaba cuando se ponía francamente nerviosa.
¡Riiiinnnnggg! ¡Riiiiinnnngggg! El teléfono. Descolgó al tercer timbrazo.
-¿Diga? -dijo después de carraspear, pensando en quién sería el insensato que llamaba por teléfono a alguien a las siete y media de la mañana. Que ese alguien estuviese ya despierto y a punto de salir a trabajar era pura coincidencia, por supuesto.
-¿Sara? Soy yo, Laura. -sí, no cabía duda de que la voz era la de su hermana mayor.- Mira, te llamaba para que te acuerdes de que hoy te llevo a Arabel. ¿A eso de las cinco?
-Sí. -suspiró de nuevo-. A esa hora me va bien. -las libélulas empezaron a hacer picados acrobáticos en su estómago, chocando unas contra otras y volviendo a empezar.
-Pues vete preparando, porque ya está despierta preparando su maleta y planeando lo que váis a hacer. -la oyó reirse al otro lado del hilo telefónico. ¿Era sadismo lo que notaba en su risa?- Que sepas que se llevará al Señor Blanco. -remató.
-¿Ese amigo suyo invisible? -preguntó, intentando disimular el temblor en la voz.
-No, mujer. El Señor Blanco es el gato. -y volvió a reírse. ¿Burla tal vez?
-¡Ah!¡Eso lo soluciona todo! -le salió del alma.- ¡Tres al precio de uno!
-¿Te molesta que lo lleve? Es que ella lo quiere tanto…. -y al oír la pena en la voz de Laura se sintió tremendamente culpable.
-No, mujer. Ya sabes que adoro a los gatos. Si tuviera tiempo tendría uno. En serio, no me molesta que lo traiga. Sólo tendré que apuntar la “comida para gatos” en la lista de la compra. -se acordó entonces de la hora y miró el reloj. Menos veinte.- Bueno, nena, te dejo, que me tengo que ir a trabajar.
-¿A las cinco? -le oyó decir otra vez.
-Sí, a las cinco. Un beso a Pablo. Chao.
-Chao. -y colgó.
Cuando se dirigía a la puerta lo oyó. ¡Toc, toc! Dos golpes de nudillos contra madera. ¿Quién demonios llamaba a la puerta -sin usar el timbre- a las ocho menos veinte de la mañana? Le pareció sufrir un “deja vú”. Pero como iba a salir, le dio un poco más igual que antes. Miró por la mirilla, y volvió a mirar de nuevo. Siete de junio… No, hasta donde sabía, nadie celebraba los Carnavales en siete de junio. Así que abrió la puerta y dijo lo de siempre:
-No me interesa comprar nada. -mientras miraba al hombre frente a ella de arriba a abajo.

La pantera y el cazador

La sangre resbaló por el filo de la hoja de la espada corta y goteó desde su punta hasta el suelo, mezclándose con el polvo de la tierra a sus pies. La sacudió con fuerza una vez y una nueva salpicadura se extendió entre la mujer pantera y el cadáver del cazador de cabezas. Se agachó un momento sobre el cuerpo, pero antes de cortarle la cabeza le apartó la máscara del rostro con la punta de un pie y le estuvo observando con detenimiento. Tenía rasgos duros y afilados, ahora un poco distorsionados por la muerte, pero al menos no era nadie que pudiese reconocer. Bajó la espada sobre su cuello, y de un corte limpio, la cabeza se separó del cuello, moviéndose a penas del sitio. La sujetó por el pelo oscuro y sonrió mientras le echaba otro vistazo. De dónde había venido ése quizá viniesen más, aunque no era algo que le preocupase demasiado en ese momento, había sido lo bastante sencillo como para que no la asustase esa perspectiva. Se miró un momento los cortes que tenía en el brazo y el costado, pero no parecían nada tan grave. Hizo un nudo en el pelo de la cabeza alrededor de su propio cinturón y se encaminó de vuelta hacia el sitio dónde habían decidido parar a descansar antes de tener la impresión de que alguien les vigilaba.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Cruce de caminos

Lenora se plantó en el cruce de caminos con los brazos en jarras y miró a Krann.
-¿Y ahora qué? -giró la cabeza siguiendo uno de los caminos con la vista, para luego hacer lo mismo con el otro.
-Mmmm... No sé... ¿Y si lanzas una moneda? -le contestó, meneando la mata de pelo rojo.
Lenora metió la mano en la bolsita de piel que llevaba cosida a la cintura del vestido. Hurgó un rato y sacó una brillante moneda de plata.
-Si sale el rey, vamos por la derecha; si sale el búho, por la izquierda. ¿De acuerdo?
-Paraparaparapara... ¿y por qué no al revés? -los enormes ojos saltones de Krann giraron hacia arriba para mirarla a la cara.
-Pueees... porque a mí me gusta más así. -Lenora se mordió el labio.
-Bueno, pues si es sólo por eso... ¡Vale! -y los ojos volvieron a girar hacia abajo para mirar al suelo de nuevo.- Pero no hagas trampas.
La blanca mano se movió en el aire rápidamente, seguida por el tintineo de la moneda al chocar contra la calzada de piedra.
-¡Rey! -sentenció Krann.
-Nonono. -respondió ella meneando uno de sus finos dedos-. ¡Es búho! ¡Fíjate bien!
Cuando los ojos de Krann giraron otra vez hacia la moneda, ésta tenía grabada la figura de un búho.
-¡Lo has vuelto a hacer! -los dos enormes pies marrones asomaron bajo la mata de pelo rojo, moviéndose compulsivamente. El pelo se agitaba y ondulaba por toda la superficie del cuerpo de Krann.- ¡Has vuelto a hacer trampas!
-¡No es cierto! ¡Ha salido búho! ¡Tú no lo quieres reconocer! -y le dio la espalda, dando golpecitos en la piedra con un pie.
-¡Tramposa! -uno de los pies marrones golpeó la moneda- ¿Ves? ¡Dos búhos!
Lenora se giró con los ojos entrecerrados.
-¡No es cierto! ¡Hay un búho y un rey! -y agitó de nuevo el dedo ante los ojos de Krann.
-¡No vuelvas a hacerlo! -Krann intentó poner el pie sobre la moneda, pero no lo hizo a tiempo. Un rey de frente apareció donde debería estar de perfil.- ¡Si querías ir por ese camino, podías haberlo dicho!
Lenora le miró.
-¿Y qué más da cuál camino coger? Eso no es importante. -y se cruzó de brazos.
Krann movió torpemente la bola de pelo rojo que era su cuerpo hasta ella.
-Entonces no tenías por qué hacerlo.
-Cierto. -Lenora bajó la vista.- Ha sido un poco estúpido, ¿no? -y se agachó hasta donde estaban los ojos saltones de Krann.
Él meneó la cabeza.
-Siempre haces lo mismo. -chasqueó la lengua.- Debería estar acostumbrado.
-En el fondo, me gusta que no te acostumbres. -le besó en la cima del pelo rojo.- Eso demuestra que quieres que mejore. -se estiró, pasó las manos por la tela rosa de su vestido y se ajustó la corona en el medio de los rizos naranja.- ¡Vamos allá!
-¿Y eso es todo? ¿Ni siquiera pides disculpas? -gimió Krann.
Ella ya se había encaminado por la derecha.
-¿Si te prometo que no lo volveré a hacer, me creerás?
Krann sacudió la mata roja.
-¡No! ¡Nunca lo haces!
-Voy por el camino de la derecha...
-¡Oh, dioses! ¿Debo darte las gracias? -a Lenora le sonó a sarcasmo.
-No, sólo confiar en mí. -y se giró a esperarle.
-Sé que nunca va a pasar. Lo sé... y sin embargo, espero que algún día suceda. Por ti, no por mí. -la bola de pelo rojo con ojos saltones y pies marrones asomando, comenzó a moverse hacia ella, bamboleándose.
-Eso espero... -susurró Lenora.
-¿Qué has dicho? -Krann se puso a su lado.
-Nada, nada; que te espero. -ella se agachó de nuevo y volvió a besar la cima del pelo rojo.- Oye... ¿y si te cambio de color? ¿No estás aburrido del rojo?
-No.
-¿Y si te lo rizo?
-No.
-Tan solo unas ondas...
-No me gusta la magia.
-Solo un poquito...


miércoles, 10 de febrero de 2016

A- En marcha

Herr Lucius Buch siempre decía que su nombre era una trampa, que en el fondo daba a entender a qué se dedicaba realmente en el sótano de su relojería. Me lo solía decir guiñando exageradamente su único ojo azul, el izquierdo, y con una gran sonrisa medio torcida en los labios. Tal vez tenía cierta razón en lo que decía, aunque nunca tuve claro del todo si ese era su nombre de nacimiento, o si quizá lo había elegido él mismo como algún tipo de broma de la que poder reírse con quiénes mejor lo conocían. Aunque también era cierto que probablemente nadie llegase a conocerle nunca del todo; no parecía salir de la relojería y su sótano jamás, ni siquiera parecía tener otro lugar donde vivir. Cuándo le preguntaba al respecto, se reía con una gran carcajada que sonaba como una tempestad desatada y contestaba que allí tenía cualquier cosa que pudiese necesitar o desear. Pensándolo ahora, eran las únicas veces en las que parecía reír. Decía que verme le recordaba las cosas que había dejado atrás, pero que en el fondo eso no era nada malo, le gustaba lo que hacía demasiado como para plantearse siquiera ninguna otra posibilidad.
En realidad, en aquel entonces, yo tampoco tenía mucha idea de hacia dónde o hacia quién me había enviado mi abuelo cuándo todo comenzó. Era joven, inquieta, quería aprender todas las cosas del mundo que me rodeaba, y ayudar a mi abuelo, el célebre sir Adolphus Nightingale, relojero insigne e inventor de la primera máquina de cálculo a cuerda infinita de la historia. Su máquina era fabulosa, una maravilla de la relojería moderna, hecha con los mejores engranajes dorados y cobrizos, y que además funcionaba con algún extraño mecanismo de movimiento infinito que tenía a todos asombrados en los salones del Club Sócrates, del que era miembro destacado. En algún momento incluso había sufrido un intento de robo de los planos de la máquina, que, por suerte, se había quedado en eso: un simple intento.
Entonces fue cuando un simple resfriado que mi abuelo padecía se complicó, de modo que le resultó imposible moverse de su cama durante varias semanas, y provocó los hechos que me llevaron a cruzar mi camino por primera vez con Herr Buch. Los planes que mi abuelo había estado desarrollando en los últimos tiempos se fueron al traste con su enfermedad, y no le quedó más remedio que llamarme a su alcoba para, entre toses y carraspeos, confiarme aquéllo que tenía en mente hacer.
-Mi querida Ariel... -cogió aire, con cierta dificultad-. Necesito que hagas, a la mayor brevedad posible, el viaje que yo no puedo realizar en este momento.
Tosió un poco, intentando incorporarse. Yo me acerqué para ayudarle a sentarse más cómodamente.
-Ahí... en ese cajón... -señaló hacia su mesita de noche, estirando la mano como si pudiese agarrar aquéllo que le preocupaba tanto.
Abrí el cajón para encontrarme con un legajo de papeles pulcramente ordenados y unidos con una cinta de seda roja. Me dio tiempo a vislumbrar, antes de entregárselo, una serie de esquemas de engranajes y una extraña escritura que no reconocía.
-Debajo... -volvió a señalar al cajón-... está el mapa...
Tosió de nuevo, y se cubrió la boca y la nariz con un pañuelo.
El mapa al que hacía referencia señalaba cómo llegar a un pueblo perdido entre las montañas de Baviera, un sitio cuyo nombre no era capaz tampoco de reconocer: Mundholle. Miré a mi abuelo con curiosidad, esperando que me explicase algo de todo aquéllo.
-Tienes que ir a ese lugar... -agitó el legajo en dirección al mapa-... llevarle de vuelta esto a alguien llamado Herr Buch, antes de que caiga en malas manos... -tosió de nuevo con fuerza, hasta casi quedarse sin aliento-... Busca su tienda, él me lo enseñó todo, él sabrá...

Salí de la habitación con el legajo, el mapa y un billete para viajar en el próximo zeppelín hacia Munich en las manos, cuando la mujer que le atendía entró para encargarse de él.

2- En el atolladero

Miles O’Riordan estaba de mierda hasta el cuello. No literalmente, claro, sino debido a la cantidad de papeles y trabajos atrasados que llevaba. Lo cierto es que ya no era como antes, es decir, ya no tenía veinte años. ¡Qué coño! ¡Ya no tenía 30! Era un ex-mercenario cuarentón reconvertido en investigador corporativo. Lo que muy pocos sabían es que trabajaba, -o por lo menos hacía que trabajaba-, para varias corporaciones rivales sin que ninguna se enterase… todavía. ¡La vida era dura en Nueva Washington! Y se le acumulaba el trabajo en las últimas semanas más que en los meses anteriores. Probablemente era debido a que Narita High Corp estaba investigando algo nuevo, algo que parecía que iba a revolucionar el estado de las corporaciones, o por lo menos de sus más directas competidoras: Bio High Tech Stone y Genetics Union Labs. En algún sitio tenía metido el último informe que había preparado para Union… aunque con el revoltijo de papeles que tenía en aquel cuchitril al que llamaba oficina, le sería imposible encontrarlo antes del final del milenio.
Necesitaba una secretaria desesperadamente. Lo tenía difícil, la verdad; su última secretaria se había largado tres semanas atrás chillando como una loca que “aquello lo iba a hacer su madre si tenía ovarios”. No había acabado de entender a qué se refería, simplemente la había mandado a tomar vientos y le había cerrado la puerta en sus esculpidas posaderas (marca Stone, por supuesto). Desde entonces había sido incapaz de mantener ordenados los ficheros, no sólo los electrónicos –no se le daba muy bien aquello de la informática, la verdad es que la odiaba, y prefería mil veces un buen fichero de cartón lleno de folios; encontraba las cosas más fácilmente, por extraño que le sonase a algunos, y por imposible que pareciese en aquel maldito momento-, sino también los de papel.
Cogió un montón de folios de encima de la mesa y los metió en un archivador con la letra B escrita en tinta roja. Cuando estaba encarándose con el siguiente montón, sonó el teléfono.
-Sí, aquí estoy.-dijo con voz seria-. ¿Qué clase de ayuda?… Ajá… Ya veo… Tenéis un lío casi tan grande como el que tengo yo ahora mismo.-y se rió de modo estruendoso-. No hace falta que te preocupes, muñeca. O’Riordan se encargará de tu problemilla. En una hora más o menos me tienes en tu despacho. A tu disposición.-y se sonrió-. Nos vemos entonces, encanto… Ok, ok, nada de “encantos”.-y colgó pasándose una mano pecosa por la frente.- ¡Lo que me faltaba!- y suspirando se dirigió al armario metálico en el que guardaba sus abrigos.
Tendría que darse prisa. Aún tenía que pasar por su apartamento a buscar su pase acreditativo a la Zona Corporativa; y después que no le pusieran muchas pegas a la hora de entrar… aunque suponía que si eso pasaba, con llamar a la señorita Kayima estaría todo resuelto… o eso esperaba. Cogió su gabardina verde oscuro, su boina de los Cuerpos Especiales –recuerdo de viejos tiempos-, y salió dando un portazo, sólo para girarse cuatro pasos más allá y regresar a cerrar la cerradura magnética. ¡Demonios! ¡Se olvidaba de que ya no tenía secretaria!

1- Un espía entre nosotros

La niebla rodeaba a Yae impidiéndole ver mucho más allá de dos metros de distancia. Miraba alrededor, con la naginata preparada, esperando. Oyó un rumor a su derecha y se giró a tiempo para detener la carga del samurai. La hoja de su naginata se clavó en el abdomen del guerrero, pero no le dio tiempo a sacarla antes del ataque del siguiente enemigo, a su espalda. Esquivó un primer golpe, saltando hacia la izquierda mientras desenfundaba su katana. Detuvo toda una serie de golpes y después se lanzó al ataque con movimientos fuertes y fluidos, desequilibrando a su enemigo hasta terminar con un golpe mortal en su costado.Yae sacó la hoja de la katana del vientre del samurai caído.
-Señora Kayima…-a su lado apareció el señor Tagawa con su pulcro traje de ejecutivo-… señora Kayima…
-¡Sakura!-gritó Yae. El flash blanco lo iluminó todo, y después se volvió todo negro por unos instantes mientras se quitaba el conector del interfaz de la sien izquierda-¿Qué sucede, señor Tagawa?-preguntó al recobrar conciencia del mundo real.
-Hay una llamada del presidente Norita. Parece urgente.
-Muy bien. Que me la pasen ahora mismo.
El señor Tagawa se inclinó hacia adelante a modo de despedida y salió del despacho sin darle la espalda, con la cabeza todavía ligeramente inclinada. Un piloto rojo se encendió en el teléfono sobre su escritorio. Pulsó con un dedo largo y fino el interruptor “sin manos”.
-Aquí Kayima. Es un honor recibir una llamada suya, presidente Norita-sama.-dijo con voz suave y encantadora.
-Kayima, ha llegado a nuestros oídos la posibilidad de un infiltrado en Norita High Corp.-le respondió al otro lado del aparato una voz impersonal, fría y profunda.
Los ojos de Yae se abrieron como platos, no tenía constancia de esa posibilidad. Ni siquiera tenían la más mínima sospecha.
-Ummm… Tal vez haya llegado también a sus oídos la noticia de que tengo a alguien con ese asunto.-contestó del mismo modo frío e impersonal, intentando disimular al máximo su sorpresa, y que no se notase la mentira.
Hubo un instante de silencio, y el presidente respondió:
-Por supuesto. Nos alegra ver su diligencia, señora Kayima, y que se sigue manteniendo tan bien informada como nosotros. Esperemos que eso le permita seguir muchos años en el puesto que disfruta en este momento. ¿Cuál será su guía de acción?
-Descubrir cuanto antes la veracidad de ese… “rumor”, acallarlo lo antes posible, y deshacerme limpia y rápidamente de ese individuo… en caso de que exista. O demostrar que tan sólo se trata de un simple “rumor”.
-Bien.-oyó que decía Norita-. Manténganos informados. Que pase un buen día, Kayima Yae.-y oyó el “click” del final de la llamada.
Se dejó caer en su confortable sillón de cuero negro, soltando un profundo suspiro. Se inclinó hacia adelante y cogió el auricular marcando acto seguido un número de memoria.
-¿Miles?… Necesito ayuda.