martes, 3 de diciembre de 2013

VII- El Club Capitolino (III)


Baco se llevó al Cazador hacia la mesa en la que había estado sentado antes; su copa de vino continuaba allí, todavía a medio terminar, y le ofreció asiento en una silla frente a él.

-Bien, Áquila, aún tenemos un rato hasta que Estela aparezca. Así que, cuéntame, ¿qué ha sucedido al Otro Lado? Y, por favor, no es necesario que ahorres detalles.- su luminosa sonrisa pareció iluminar de pronto el oscuro rincón en el que se habían sentado.

-Creo que no sé ni por dónde empezar. -el Cazador se echó hacia atrás en su silla, mirando alrededor como si temiese que las paredes o las columnas tuviesen oídos, o como si alguna sombría Pesadilla fuese a aparecer para atormentarle otra vez...

-El principio suele ser una buena idea en estos casos. -Baco no dejaba de sonreírle, y el Cazador no tenía demasiado claro si aquéllo era algo bueno o algo malo.

-¿Y si aún no sabemos nada sobre cómo o cuándo comenzó todo? -fijó sus ojos dorados en los ojos azules de Baco, y el antiguo dios dejó de sonreír por un instante.

-Eso, querido Cazador, es más un problema para vosotros que para mí. -se detuvo un instante para coger delicadamente su copa de vino y darle un largo trago.- Entonces cuéntame lo que puedas, o lo que sepas. Y cuándo llegue Estela veremos lo que se puede hacer al respecto.

-¿Alguna vez conociste a Nocte? Máximus Nocte. Creo que ha cruzado numerosas veces a Este Lado, y no creo que me engañe al pensar que es de los que podrían disfrutar enormemente de tu compañía.

Baco se llevó una mano de largos y finos dedos a la barbilla mirando hacia el techo con el ceño ligeramente fruncido, como si pensase durante un momento en algo que parecía escapársele.

-Mmmmm, si vino por aquí puede que no le prestase demasiada atención. -dijo fijando la mirada otra vez en los ojos del Cazador.

-Créeme, si viniese por aquí, y creo que lo ha hecho, sería bastante imposible que no te fijases en él. A su alrededor siempre parece que bailan las sombras, y su mirada suele ser tan oscura como ellas. 

-¿Y sus visitas a Este Lado han tenido que ver con lo que sucedió después allí?

-No lo creo. Aunque puedo estar equivocado.

-¿Entonces qué es lo que pasó?

-Nocte se ha hecho con el control de las Pesadillas. A él se han unido algunos de los Enemigos y han tomado el control de todo al Otro Lado, expulsándonos a los que no nos hemos unido a ellos. Mantiene a Aurora y a Leo como prisioneros, o eso quiero pensar, pero también ha enviado al príncipe a Este Lado.

Baco continuaba mirándole fijamente, casi sin cambiar la expresión neutra que tenía en su rostro.

-¿Y qué es lo que buscas aquí, Cazador? No sé si hay mucho que podamos hacer, tanto yo y los míos como Estela y los suyos.

-Bueno, eso lo veremos. Quizá seáis de más ayuda de la que puedas creer.

-¿Qué necesitas exactamente? Y, lo más importante, ¿por qué iba a preocuparme a mí, o a cualquier otro de los que estamos aquí, lo que suceda en vuestras tierras? -Baco apoyó los codos en la mesa, inclinándose hacia delante para mirarle desde más cerca.- Cualquiera de esas cosas no es asunto nuestro.

-Creo que en eso te equivocas, antiguo dios. Tener a toda la población no sometida del Otro Lado a éste puede ser un problema para todos. ¿En serio crees que puedes ignorarlo simplemente y hacer como si fuesen humanos normales?

-Los Exiliados se las apañan bastante bien...

-¿Cuánto tiempo llevan los Exiliados aquí? -ahora Áquila era el que se había inclinado hacia delante y miraba a Baco fijamente con sus ojos de rapaz a escasos centímetros de su cara.- Y lo más importante: los Exiliados saben quiénes son y lo que pueden hacer. Baco, Nocte ha enviado aquí al príncipe y a otros borrándoles sus recuerdos y todo conocimiento de quiénes son o qué hacen aquí. Solo eso es un peligro enorme para todos, incluidos los tuyos y los Exiliados.

Baco pareció genuinamente sorprendido durante un momento.

-¿Y tú? -dijo al fin.- Tú pareces recordar todo bastante bien.

-Yo conseguí huir a tiempo a través del Interregno. -volvió a echarse hacia atrás en su asiento, con cierta mueca de dolor en el rostro.- Por poco no lo consigo... Y ahora necesito vuestra ayuda.

-No puedo prometerte nada, Cazador. Pero haré lo que pueda.

-Eso será más que suficiente. -Áquila esbozó una ligera sonrisa de agradecimiento; y volvió a mirar alrededor con el nerviosismo del ave de presa que espera la señal para lanzarse a la caza, justo en el momento en el que Estela Vulpes, la cabeza de los Exiliados y antigua princesa al Otro Lado, entraba en el Club Capitolino.

lunes, 11 de noviembre de 2013

VI- El Club Capitolino (II)


Carraspeó un poco al llegar a la mesa, y él pareció salir de su concentración para mirarla con sus prístinos ojos azules que parecían pintados con acuarelas, y dedicarle una brillante y perfecta sonrisa. Un mechón de cabello oscuro se le cayó ante los ojos al levantar la cabeza, y lo echó hacia atrás con una mano. La camarera se le quedó mirando casi como si el tiempo se hubiese detenido en ese instante.

-¿Qué sucede?

-Eeemmm... Esto... hay ahí un caballero que desea hablar con usted. -le dijo sin demasiados rodeos, señalando hacia el hombre extraño que seguía en la barra.

-Ah, ya veo. -Baco se levantó y se acercó hasta allí, sin dejar de sonreír. El hombre se giró hacia él en cuanto empezó a acercarse.- ¡Vaya, el pródigo Áquila ha vuelto entre nosotros! -exclamó al llegar a su lado, ofreciéndole una mano.

-Y yo puedo ver que nada ha cambiado por aquí desde mi partida. -le miró un momento la mano, con cierta desconfianza, antes de cogerla firmemente con la suya y volver a soltarla casi al momento.- Ni siquiera ha cambiado el sitio dónde encontrarte.

-Bueno, los viejos hábitos nunca mueren, y yo tengo algunos demasiado viejos ya como para cambiarlos a estas alturas.

-¿Dónde están Estela y los suyos, Baco? -le miró fijamente a los ojos, como un ave de presa buscando algo.

-¿Sabes que te cortará el cuello si se entera de lo que hiciste, Cazador? -no dejaba de sonreírle, y su voz era suave y casi melodiosa como un canto lejano.

-Las noticias que traigo son demasiado importantes como para perder el tiempo con las cosas que pasaron entonces. -parecía realmente serio.

-¿Qué ha sucedido al Otro Lado? -la sonrisa se desdibujó un poco en sus labios.

-¿No se ha sabido aún? ¿No ha llegado a tus oídos como todo?

-Sabes que no tengo fuentes para saber todo lo que pasa allí. Y si sé sobre los Exiliados es porque la propia Estela me lo cuenta.

-¿Así que los Antiguos Dioses no lo saben ya todo todo el rato? -el Cazador no pudo evitar una sonrisa irónica.

-Nunca lo hemos sabido todo de tu gente, Cazador. Nunca tuvimos el mismo efecto sobre vosotros que sobre los mortales.

-Excepto sobre Estela...

-Tampoco me he metido nunca en sus asuntos...

-¿No le contaste entonces lo que crees que sabes sobre mí? ¿Ni aunque también fuese hijo tuyo? 

-¿Qué puedo decir? -volvió a sonreír ampliamente.- He pasado por estas cosas demasiadas veces ya...

-¿Entonces me dirás dónde se encuentran? -Áquila parecía tener más prisa que nunca.

Le puso una mano sobre el hombro, y el Cazador recordó sus palabras: "nunca tuvimos el mismo efecto"... no, para influenciar a los suyos necesitaban mucho más contacto que con los humanos... una mano sobre el hombro, por ejemplo. Miró la mano de Baco con sorpresa, cierto temor, y algo de recelo.

-No temas, sólo iba a ofrecerte una copa para que te relajes un poco... y para que esperes conmigo. Estela suele venir por aquí de vez en cuando, y creo que hoy es uno de esos días... -parecía tremendamente confiado al respecto, así que Áquila se relajó un poco- ... quizá así también puedas contarme qué ha pasado al Otro Lado.

sábado, 9 de noviembre de 2013

V- El Club Capitolino (I)


El Club Capitolino se encontraba en el corazón de la ciudad, en una de las viejas calles adoquinadas con antiguos edificios de piedra que daban a una de sus múltiples plazas, con otros locales nocturnos que desde luego eran mucho más frecuentados por el común de los mortales, pero que carecían del gusto en la decoración o la música que tenían allí. El local era espacioso, lleno de columnas, cuadros y otras representaciones artísticas de lo más variopintos pero todas con un tema en común: relatos mitológicos clásicos. Nunca había demasiada luz que pudiese resultar molesta para las actividades nocturnas de sus clientes, y la música, quizá clásica en su modernidad para los gustos contemporáneos, nunca era tampoco demasiado alta; en aquel momento sonaban algunos éxitos de oscuras bandas góticas de finales de los 80. 

Las camareras y camareros que podían verse atendiendo normalmente tras la barra podrían haberse considerado hermosos de no ser porque todos tenían alguna peculiaridad física que terminaba por alejarlos un poco de la belleza perfecta; la chica que se ocupaba en esos momentos de atender a los clientes tenía una nariz un poco grande y ligeramente desviada, aunque el resto de sus facciones incluida la blanca piel inmaculada, los ojos verdes y brillantes, y el largo cabello castaño dorado que tenía recogido en una coleta que caía por su espalda, eran indudablemente casi perfectos. El Club a penas tenía clientela en ese momento, así que ella se distraía alineando vasos y botellas meticulosamente tras la barra.

Baco estaba en una de las oscuras mesas cuadradas, cómodamente echado hacia atrás en el sofá de cuero negro. Aunque la mesa estaba estratégicamente dispuesta de modo que desde ella podía ver fácilmente casi cualquier punto del Club, ahora mismo se encontraba tan concentrado en la copa de oscuro vino que había ante él, que ni se dio cuenta del hombre vestido de modo extravagante cuanto menos que había entrado hasta la barra y que la camarera miraba como si no terminase de creerse lo que estaba viendo.

-Necesito hablar con el dueño del local. -le dijo el hombre, colocando las manos sobre la superficie de la barra.

-Lo siento pero, ¿le conoce de algo? Porque ahora mismo está ocupado y no sé si puedo molestarle... -le contestó, intentando salir de su asombro. No solo la ropa que llevaba era como salida de una feria medieval, sino que además sus ojos brillaban con un color dorado muy poco natural. ¿Lentillas, tal vez?

-Sí, la verdad es que le conozco desde hace tiempo... -paró un momento, como si dudase o recordase algo- ... y es algo realmente importante...

La chica le miró otra vez un momento de arriba a abajo, y suspiró.

-De acuerdo. Iré a ver si puede atenderle... -caminó hasta rodear la barra y se fue sin ninguna prisa hasta la mesa donde Baco parecía seguir ensimismado con su copa.

jueves, 7 de noviembre de 2013

IV- Spiritus Splendui

Ella sonrió y sus ojos azules brillaron cuando lo hizo del mismo modo que él recordaba que lo solían hacer.

-Pero... ¿cómo? -pudo al fin decir, todavía sorprendido.

-¿De verdad le sorprende, señor Áquila? -se rió un poco, y él sintió que casi podía olvidarse de todas las cosas que atenazaban en ese momento su corazón.- Sabe perfectamente que estas cosas pasan en ocasiones.

-Sí, lo sé. Pero me sorprende más que continúes aquí, que casi pueda tocarte... -estiró una mano, que atravesó a la aparición sin resistencia alguna, y dejó escapar un suspiro.

Ella le señaló la cadena que colgaba de su cuello.

-Aún lo conserva. -sonrió otra vez-. Ahí tiene su explicación. A mí sí que me extraña que haya vuelto a Este Lado después de tanto tiempo.

-Bueno, -se puso serio, terriblemente serio, otra vez-, han pasado algunas cosas... cosas muy malas para todos: los mío y... bueno, aquéllos a los que una vez perteneciste. Debo encontrar a los Exiliados. Quizá ellos puedan ayudar y hacer algo al respecto.

Estiró la mano intentando acariciarle el cabello que le caía un poco enmarañado por los hombros, olvidando por un instante que no era posible tocarla.

-¿Fue buena tu vida? ¿Cuando me fui? -la miró preocupado- ¿Estela te hizo algún daño?

Ella se rió otra vez, trayendo con ello mil recuerdos lejanos.

-No, la señora Vulpes no supo nunca nada. Ni siquiera cuándo... -se calló un momento, como si ponderase lo que iba a decir-... ni siquiera cuando me tuve que ir. No llegó a saber tampoco nunca el motivo.

-¿El motivo? -la miró con curiosidad.

-¿No lo sabe, verdad?

-¿Saber el qué, Aldara?

Ella volvió a sonreír con cierta tristeza asomando a sus ojos.

-Me fui porque tenía miedo de que la señora Vulpes se diera cuenta de que iba a tener un bebé.

El Cazador la miró sorprendido esta vez.

-Tuvimos un bebé, señor Áquila. Tenía el pelo negro y los ojos dorados. Ella se daría cuenta en algún momento, y temí que le pudiera hacer algo después de todo lo que le había pasado. Además sabe que ella no aprobaba que los suyos se mezclasen con los nuestros.

Él suspiró.

-Siento que tuvieses que pasar por todo eso, Aldara.

-Bueno, mi vida no fue tan mala. Y he podido vigilar a mi familia durante todo este tiempo.Ahora me alegro de que todavía conserve mi camafeo, o nunca habríamos podido volver a hablar.

El señor Áquila volvió a apoyar la espalda en el tronco del roble, cruzando los brazos sobre su pecho.

-Muy bien, -le sonrió, y sus ojos amarillos resplandecieron casi como el oro líquido-, entonces cuéntame, ¿cómo era nuestro hijo?

martes, 5 de noviembre de 2013

III- Intra Silva (II)



No tardó mucho en posarse a su lado un hermoso halcón peregrino que llevaba un conejo muerto agarrado con una de sus patas. El halcón le ofreció la presa, dejándolo sobre una de sus piernas mientras le observaba atento y curioso con sus redondos ojos amarillos. El Cazador sonrió un poco y tomó el cuerpo inerte del conejo con una mano.

-Muchas gracias, pero no era necesario. No es ésto lo que busco. -le dijo al ave, levantando un poco la presa que le había ofrecido.- Necesito tus ojos y tu velocidad. Necesito salir de este bosque y encontrar a otros como yo. Los otros que viven entre los mortales.



La rapaz le seguía observando fijamente, moviendo un poco la cabeza ante cada palabra del Cazador como si entendiese a la perfección todo lo que le decía, y realmente no podía ser de otra forma. Cuando hubo terminado su explicación chilló un par de veces,  y él le devolvió otra sonrisa.



-Muy bien. Te esperaré por aquí. Puede que al final tu ofrenda sí que vaya a serme de ayuda.

El halcón se atusó las plumas durante un momento antes de lanzarse al aire y aletear un par de veces para salir del medio de la vegetación y remontar el vuelo hacia el cielo. Le oyó chillar otra vez sobre su cabeza mientras apoyaba la espalda en el tronco del roble, cerrando los ojos y esperando a que sucediese la Conexión.

Ocurrió en lo que dura un parpadeo, y pudo ver a través de los ojos del halcón, que volaba rápidamente sobre el bosque, una maraña de árboles allá abajo con un río atravesándolo. Le pareció que no tardaba demasiado en llegar a los límites, pero no podía estar seguro; la cabeza y el cuerpo de un halcón funcionaban de una forma muy distinta a su propio cuerpo, todo parecía como si estuviese acelerado cuando se unía a un ave de presa. El mundo no se veía ni se sentía de la misma forma. El viento acariciaba sus plumas pero se sentía más como si estuviese flotando en un lago que como cuando el aire azotaba su propia piel. Su vista entonces -o más bien la del ave que usaba- alcanzaba distancias y detalles a veces más allá de lo comprensible. Podía distinguir perfectamente, sobrepasados los límites del bosque, las formas serpenteantes de esos oscuros caminos... carreteras, había oído que les llamaban... por dónde se movían como escarabajos de colores los modernos vehículos automóviles de los mortales. Era la primera vez que los veía en persona, la última vez que había estado a Este Lado todavía se movían en sus antiguos carruajes tirados por caballos.


-... Áquila... Señor Áquila... -una voz, como un eco lejano del pasado, le hizo parpadear; y de pronto volvía a estar sentado a horcajadas, en el roble, mirando alrededor con cierta confusión. Le seguían rodeando las hojas y las ramas del árbol en el que estaba, y las de aquéllos próximos a él. El sol brillaba en lo alto, aunque no hacía demasiado calor. Algunos pájaros cantaban aquí y allá... pero no, eso no podía haber sido. Tenían que ser otra vez las malditas Pesadillas; quizá le habían seguido después del Interregno, de alguna forma... Entonces volvió a ver el destello blanco por el rabillo del ojo. Notó un soplo de aire helado que le sacudió un mechón de pelo contra la mejilla... ¿Y si no había llegado nunca a salir de allí? ¿Y si todavía estaba atrapado en el Interregno, rodeado por las Pesadillas?

Y de pronto la visión apareció ante él, clara y nítida como una imagen reflejada en un espejo.

-Señor Áquila... -le oyó decir mientras él abría mucho los ojos completamente desbordado por la sorpresa.

domingo, 3 de noviembre de 2013

II- Intra Silva (I)


Una risa cristalina se abrió paso entre las nieblas del sueño al que se había rendido. Volvió a oírla y la reconoció perfectamente. Una sonrisa se dibujó en sus labios sin poder evitarlo.

-Ya casi es hora de almorzar, debería de levantarse de una vez. -dijo su voz suave. Y le pareció notar un beso más suave aún en la mejilla. Se removió un poco, estirando los brazos para rodearla con ellos.

-Aldara... -musitó, entreabriendo los ojos. La luz brillante del sol que le dio en ellos al hacerlo le obligó a cerrarlos de nuevo, y sus brazos tan solo se encontraron con el vacío ante sí.

Volvió a abrir los ojos con cuidado, notando ya las ramitas y las piedras que tenía clavadas por toda la espalda. La luz del sol se colaba bailando entre las hojas movidas por el aire del roble bajo el que se encontraba. Parpadeó un par de veces antes de acostumbrarse a la luz, y se incorporó sobre los codos, mirando alrededor. ¿Cómo demonios había llegado hasta allí? ¿Y en dónde se suponía que estaba? Se llevó una mano a la cabeza, porque por un momento ni siquiera tuvo claro quién era, y una horrible sensación le atenazó todo el cuerpo encogiéndole el estómago y provocándole náuseas. Se llevó una mano al pecho, y bajo la camisa notó la forma ovalada y dura del camafeo que colgaba de su cuello siempre.

-El señor Áquila... El Cazador... -lo pudo oír como si estuviese allí a su lado. La voz de Aldara. Y dejó salir el aire de sus pulmones con la mayor sensación de alivio que jamás había sentido.

Los recuerdos, de todo, volvieron como en una cascada a su mente, y se levantó ágilmente del suelo en el que había estado tumbado hasta ese momento. Aunque seguía sin tener muy claro cómo había llegado hasta aquel sitio. Sin embargo, sabía perfectamente que tenía que salir de allí y encontrar a los Exiliados. Lo antes posible.

Caminó por el bosque durante algunas horas, buscando la zona más alta que pudo encontrar, no le resultaba demasiado complicado hacer algo así, ya que los bosques no diferían mucho a Este Lado y al Otro, y él era sin duda alguna extremadamente bueno en lo suyo. Durante esas horas no dejó de darle la impresión de que alguien le seguía, e incluso había momentos en los que podría jurar que podía escuchar algo así como un suspiro, o ver por el rabillo del ojo un destello blanco no muy lejos de dónde se encontraba. ¡Malditas Pesadillas! Parecía que no podía librarse de ellas ni después de haber cruzado el Interregno.

En algún momento llegó a lo alto de una suave loma cubierta de robles, abedules y helechos. No era lo que buscaba exactamente, porque la vegetación no le permitía observar bien su entorno ni la forma de salir del bosque, pero si se subía a uno de los robles quizá pudiese encontrar la ayuda que necesitaba.

Se acercó al roble más alto con el que se topó y lo escaló con bastante rapidez y agilidad. Subió hasta la rama más alta capaz de soportar su peso, se sentó a horcajadas sobre ella y cogió una gran bocanada de aire mientras miraba a su alrededor. No había mucho que ver, la verdad, pero al menos se sentía algo mejor de lo que se había sentido en... ¿cuántos días? Demasiados quizá. Suspiró. Tenía que detener a Nocte y toda aquella locura que había desatado. Pero primero estaba lo primero. Cogió aire otra vez y silbó la Melodía, la misma que le serviría para atraer la ayuda que necesitaba en ese momento. Y esperó allí sentado a que llegase.

sábado, 2 de noviembre de 2013

I- Interregno


El Cazador huía, sin saber muy bien hacia dónde. El suelo se hundía bajo sus pies a cada paso que daba, y la oscuridad parecía devorarlo todo a su alrededor. Sabía a lo que se enfrentaba en el Interregno porque no era la primera vez que lo atravesaba. Sin embargo era la primera vez que lo hacía huyendo de las Pesadillas. Le parecía que había pasado una eternidad desde aquella primera vez que había cruzado por aquella zona hacia el Otro Lado. Todo tenía que ser totalmente diferente, aunque no podía ni imaginarse cómo sería ahora. Recordó su tiempo con los Exiliados como algo borroso que bien podría haberle pasado a otro.

Entonces oyó algo parecido a un gruñido a sus espaldas, algo gutural y arrastrado, distinto a casi cualquier otro gruñido bestial o humanoide que hubiese escuchando nunca. Y al gruñido lo acompañaron susurros que se perdían en algún punto cercano a él, y siseos similares al ruido que hacía el ácido al corroer cualquier material. Después, por un segundo, el Cazador a penas pudo escuchar nada más que el golpeteo acelerado del corazón contra su pecho, en su garganta y en sus oídos. "¡Vaya!", se sorprendió a sí mismo pensando, "¿es así cómo se siente una presa cuando huye del depredador?" No pudo evitar una media sonrisa, estaba seguro que bastante amarga, al darse cuenta de sus pensamientos. Jamás pensó que en algún momento él se encontraría a ese lado de la caza. Y en cierto modo le resultó algo completamente extraño y estimulante. Cogió una bocanada de aire tan rancio y espeso como la negrura que le rodeaba, y continuó su camino, casi con energías renovadas.

El Cazador releyó la nota y la arrugó entre sus dedos antes de decidir que era mejor quemarla para no dejar rastro de ella. Sabía que El Guardián se había arriesgado mucho yendo hasta allí para entregársela; y sabía que Estela no dudaría un segundo en cortarle el cuello si supiera algo de todo aquello. No era seguro para ninguno de los dos. Cogió la vela que había sobre su mesa, y que daba una leve luz a la habitación, para quemar una esquina del papel y después lo arrojó al hogar que en ese momento estaba apagado. Sin embargo, de algún modo, el fuego cobró brío de pronto, ardiendo con furia sobre las cenizas. Sus chispas danzaron un momento sin que él pudiese apartar la vista de ellas, y acto seguido saltaron del hueco del hogar prendiendo en la madera de los muebles que había alrededor.

Abrió los ojos con sorpresa, pero extrañamente se sentía incapaz de mover un solo músculo mientras el fuego rugía, chisporroteaba y quemaba todo a su alrededor. El humo empezaba a llenar el aire, y éste llenaba sus pulmones dejando un sabor amargo y ceniciento en su boca. Empezó a toser descontroladamente mientras por el rabillo del ojo le parecía ver formas danzantes en las llamas, formas que parecían reírse; el chisporroteo del fuego sonaba ahora como una risa ahogada y crepitante. Cuando el calor del fuego empezó a ser insoportable y el aire había desaparecido casi por completo, parpadeó un par de veces y se dio cuenta de que estaba en la oscuridad del Interregno, corriendo mientras sus pies parecían hundirse un poco en el barro, o lo que quiera que hubiese en el suelo.

No era consciente del tiempo que llevaba corriendo, a duras penas era consciente de en dónde se encontraba y de hacia dónde se dirigía. Todo empezaba a hacerse terriblemente confuso a medida que avanzaba sin pausa. Empezaba a sentirse débil y cansado, las piernas empezaban a fallarle y sentía que la cabeza se le estaba yendo poco a poco.