sábado, 2 de noviembre de 2013

I- Interregno


El Cazador huía, sin saber muy bien hacia dónde. El suelo se hundía bajo sus pies a cada paso que daba, y la oscuridad parecía devorarlo todo a su alrededor. Sabía a lo que se enfrentaba en el Interregno porque no era la primera vez que lo atravesaba. Sin embargo era la primera vez que lo hacía huyendo de las Pesadillas. Le parecía que había pasado una eternidad desde aquella primera vez que había cruzado por aquella zona hacia el Otro Lado. Todo tenía que ser totalmente diferente, aunque no podía ni imaginarse cómo sería ahora. Recordó su tiempo con los Exiliados como algo borroso que bien podría haberle pasado a otro.

Entonces oyó algo parecido a un gruñido a sus espaldas, algo gutural y arrastrado, distinto a casi cualquier otro gruñido bestial o humanoide que hubiese escuchando nunca. Y al gruñido lo acompañaron susurros que se perdían en algún punto cercano a él, y siseos similares al ruido que hacía el ácido al corroer cualquier material. Después, por un segundo, el Cazador a penas pudo escuchar nada más que el golpeteo acelerado del corazón contra su pecho, en su garganta y en sus oídos. "¡Vaya!", se sorprendió a sí mismo pensando, "¿es así cómo se siente una presa cuando huye del depredador?" No pudo evitar una media sonrisa, estaba seguro que bastante amarga, al darse cuenta de sus pensamientos. Jamás pensó que en algún momento él se encontraría a ese lado de la caza. Y en cierto modo le resultó algo completamente extraño y estimulante. Cogió una bocanada de aire tan rancio y espeso como la negrura que le rodeaba, y continuó su camino, casi con energías renovadas.

El Cazador releyó la nota y la arrugó entre sus dedos antes de decidir que era mejor quemarla para no dejar rastro de ella. Sabía que El Guardián se había arriesgado mucho yendo hasta allí para entregársela; y sabía que Estela no dudaría un segundo en cortarle el cuello si supiera algo de todo aquello. No era seguro para ninguno de los dos. Cogió la vela que había sobre su mesa, y que daba una leve luz a la habitación, para quemar una esquina del papel y después lo arrojó al hogar que en ese momento estaba apagado. Sin embargo, de algún modo, el fuego cobró brío de pronto, ardiendo con furia sobre las cenizas. Sus chispas danzaron un momento sin que él pudiese apartar la vista de ellas, y acto seguido saltaron del hueco del hogar prendiendo en la madera de los muebles que había alrededor.

Abrió los ojos con sorpresa, pero extrañamente se sentía incapaz de mover un solo músculo mientras el fuego rugía, chisporroteaba y quemaba todo a su alrededor. El humo empezaba a llenar el aire, y éste llenaba sus pulmones dejando un sabor amargo y ceniciento en su boca. Empezó a toser descontroladamente mientras por el rabillo del ojo le parecía ver formas danzantes en las llamas, formas que parecían reírse; el chisporroteo del fuego sonaba ahora como una risa ahogada y crepitante. Cuando el calor del fuego empezó a ser insoportable y el aire había desaparecido casi por completo, parpadeó un par de veces y se dio cuenta de que estaba en la oscuridad del Interregno, corriendo mientras sus pies parecían hundirse un poco en el barro, o lo que quiera que hubiese en el suelo.

No era consciente del tiempo que llevaba corriendo, a duras penas era consciente de en dónde se encontraba y de hacia dónde se dirigía. Todo empezaba a hacerse terriblemente confuso a medida que avanzaba sin pausa. Empezaba a sentirse débil y cansado, las piernas empezaban a fallarle y sentía que la cabeza se le estaba yendo poco a poco.

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