domingo, 3 de noviembre de 2013

II- Intra Silva (I)


Una risa cristalina se abrió paso entre las nieblas del sueño al que se había rendido. Volvió a oírla y la reconoció perfectamente. Una sonrisa se dibujó en sus labios sin poder evitarlo.

-Ya casi es hora de almorzar, debería de levantarse de una vez. -dijo su voz suave. Y le pareció notar un beso más suave aún en la mejilla. Se removió un poco, estirando los brazos para rodearla con ellos.

-Aldara... -musitó, entreabriendo los ojos. La luz brillante del sol que le dio en ellos al hacerlo le obligó a cerrarlos de nuevo, y sus brazos tan solo se encontraron con el vacío ante sí.

Volvió a abrir los ojos con cuidado, notando ya las ramitas y las piedras que tenía clavadas por toda la espalda. La luz del sol se colaba bailando entre las hojas movidas por el aire del roble bajo el que se encontraba. Parpadeó un par de veces antes de acostumbrarse a la luz, y se incorporó sobre los codos, mirando alrededor. ¿Cómo demonios había llegado hasta allí? ¿Y en dónde se suponía que estaba? Se llevó una mano a la cabeza, porque por un momento ni siquiera tuvo claro quién era, y una horrible sensación le atenazó todo el cuerpo encogiéndole el estómago y provocándole náuseas. Se llevó una mano al pecho, y bajo la camisa notó la forma ovalada y dura del camafeo que colgaba de su cuello siempre.

-El señor Áquila... El Cazador... -lo pudo oír como si estuviese allí a su lado. La voz de Aldara. Y dejó salir el aire de sus pulmones con la mayor sensación de alivio que jamás había sentido.

Los recuerdos, de todo, volvieron como en una cascada a su mente, y se levantó ágilmente del suelo en el que había estado tumbado hasta ese momento. Aunque seguía sin tener muy claro cómo había llegado hasta aquel sitio. Sin embargo, sabía perfectamente que tenía que salir de allí y encontrar a los Exiliados. Lo antes posible.

Caminó por el bosque durante algunas horas, buscando la zona más alta que pudo encontrar, no le resultaba demasiado complicado hacer algo así, ya que los bosques no diferían mucho a Este Lado y al Otro, y él era sin duda alguna extremadamente bueno en lo suyo. Durante esas horas no dejó de darle la impresión de que alguien le seguía, e incluso había momentos en los que podría jurar que podía escuchar algo así como un suspiro, o ver por el rabillo del ojo un destello blanco no muy lejos de dónde se encontraba. ¡Malditas Pesadillas! Parecía que no podía librarse de ellas ni después de haber cruzado el Interregno.

En algún momento llegó a lo alto de una suave loma cubierta de robles, abedules y helechos. No era lo que buscaba exactamente, porque la vegetación no le permitía observar bien su entorno ni la forma de salir del bosque, pero si se subía a uno de los robles quizá pudiese encontrar la ayuda que necesitaba.

Se acercó al roble más alto con el que se topó y lo escaló con bastante rapidez y agilidad. Subió hasta la rama más alta capaz de soportar su peso, se sentó a horcajadas sobre ella y cogió una gran bocanada de aire mientras miraba a su alrededor. No había mucho que ver, la verdad, pero al menos se sentía algo mejor de lo que se había sentido en... ¿cuántos días? Demasiados quizá. Suspiró. Tenía que detener a Nocte y toda aquella locura que había desatado. Pero primero estaba lo primero. Cogió aire otra vez y silbó la Melodía, la misma que le serviría para atraer la ayuda que necesitaba en ese momento. Y esperó allí sentado a que llegase.

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