Ella sonrió y sus ojos azules brillaron cuando lo hizo del mismo modo que él recordaba que lo solían hacer.
-Pero... ¿cómo? -pudo al fin decir, todavía sorprendido.
-¿De verdad le sorprende, señor Áquila? -se rió un poco, y él sintió que casi podía olvidarse de todas las cosas que atenazaban en ese momento su corazón.- Sabe perfectamente que estas cosas pasan en ocasiones.
-Sí, lo sé. Pero me sorprende más que continúes aquí, que casi pueda tocarte... -estiró una mano, que atravesó a la aparición sin resistencia alguna, y dejó escapar un suspiro.
Ella le señaló la cadena que colgaba de su cuello.
-Aún lo conserva. -sonrió otra vez-. Ahí tiene su explicación. A mí sí que me extraña que haya vuelto a Este Lado después de tanto tiempo.
-Bueno, -se puso serio, terriblemente serio, otra vez-, han pasado algunas cosas... cosas muy malas para todos: los mío y... bueno, aquéllos a los que una vez perteneciste. Debo encontrar a los Exiliados. Quizá ellos puedan ayudar y hacer algo al respecto.
Estiró la mano intentando acariciarle el cabello que le caía un poco enmarañado por los hombros, olvidando por un instante que no era posible tocarla.
-¿Fue buena tu vida? ¿Cuando me fui? -la miró preocupado- ¿Estela te hizo algún daño?
Ella se rió otra vez, trayendo con ello mil recuerdos lejanos.
-No, la señora Vulpes no supo nunca nada. Ni siquiera cuándo... -se calló un momento, como si ponderase lo que iba a decir-... ni siquiera cuando me tuve que ir. No llegó a saber tampoco nunca el motivo.
-¿El motivo? -la miró con curiosidad.
-¿No lo sabe, verdad?
-¿Saber el qué, Aldara?
Ella volvió a sonreír con cierta tristeza asomando a sus ojos.
-Me fui porque tenía miedo de que la señora Vulpes se diera cuenta de que iba a tener un bebé.
El Cazador la miró sorprendido esta vez.
-Tuvimos un bebé, señor Áquila. Tenía el pelo negro y los ojos dorados. Ella se daría cuenta en algún momento, y temí que le pudiera hacer algo después de todo lo que le había pasado. Además sabe que ella no aprobaba que los suyos se mezclasen con los nuestros.
Él suspiró.
-Siento que tuvieses que pasar por todo eso, Aldara.
-Bueno, mi vida no fue tan mala. Y he podido vigilar a mi familia durante todo este tiempo.Ahora me alegro de que todavía conserve mi camafeo, o nunca habríamos podido volver a hablar.
El señor Áquila volvió a apoyar la espalda en el tronco del roble, cruzando los brazos sobre su pecho.
-Muy bien, -le sonrió, y sus ojos amarillos resplandecieron casi como el oro líquido-, entonces cuéntame, ¿cómo era nuestro hijo?
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