sábado, 9 de noviembre de 2013

V- El Club Capitolino (I)


El Club Capitolino se encontraba en el corazón de la ciudad, en una de las viejas calles adoquinadas con antiguos edificios de piedra que daban a una de sus múltiples plazas, con otros locales nocturnos que desde luego eran mucho más frecuentados por el común de los mortales, pero que carecían del gusto en la decoración o la música que tenían allí. El local era espacioso, lleno de columnas, cuadros y otras representaciones artísticas de lo más variopintos pero todas con un tema en común: relatos mitológicos clásicos. Nunca había demasiada luz que pudiese resultar molesta para las actividades nocturnas de sus clientes, y la música, quizá clásica en su modernidad para los gustos contemporáneos, nunca era tampoco demasiado alta; en aquel momento sonaban algunos éxitos de oscuras bandas góticas de finales de los 80. 

Las camareras y camareros que podían verse atendiendo normalmente tras la barra podrían haberse considerado hermosos de no ser porque todos tenían alguna peculiaridad física que terminaba por alejarlos un poco de la belleza perfecta; la chica que se ocupaba en esos momentos de atender a los clientes tenía una nariz un poco grande y ligeramente desviada, aunque el resto de sus facciones incluida la blanca piel inmaculada, los ojos verdes y brillantes, y el largo cabello castaño dorado que tenía recogido en una coleta que caía por su espalda, eran indudablemente casi perfectos. El Club a penas tenía clientela en ese momento, así que ella se distraía alineando vasos y botellas meticulosamente tras la barra.

Baco estaba en una de las oscuras mesas cuadradas, cómodamente echado hacia atrás en el sofá de cuero negro. Aunque la mesa estaba estratégicamente dispuesta de modo que desde ella podía ver fácilmente casi cualquier punto del Club, ahora mismo se encontraba tan concentrado en la copa de oscuro vino que había ante él, que ni se dio cuenta del hombre vestido de modo extravagante cuanto menos que había entrado hasta la barra y que la camarera miraba como si no terminase de creerse lo que estaba viendo.

-Necesito hablar con el dueño del local. -le dijo el hombre, colocando las manos sobre la superficie de la barra.

-Lo siento pero, ¿le conoce de algo? Porque ahora mismo está ocupado y no sé si puedo molestarle... -le contestó, intentando salir de su asombro. No solo la ropa que llevaba era como salida de una feria medieval, sino que además sus ojos brillaban con un color dorado muy poco natural. ¿Lentillas, tal vez?

-Sí, la verdad es que le conozco desde hace tiempo... -paró un momento, como si dudase o recordase algo- ... y es algo realmente importante...

La chica le miró otra vez un momento de arriba a abajo, y suspiró.

-De acuerdo. Iré a ver si puede atenderle... -caminó hasta rodear la barra y se fue sin ninguna prisa hasta la mesa donde Baco parecía seguir ensimismado con su copa.

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