Miles
O’Riordan estaba de mierda hasta el cuello. No literalmente, claro,
sino debido a la cantidad de papeles y trabajos atrasados que
llevaba. Lo cierto es que ya no era como antes, es decir, ya no tenía
veinte años. ¡Qué coño! ¡Ya no tenía 30! Era un ex-mercenario
cuarentón reconvertido en investigador corporativo. Lo que muy pocos
sabían es que trabajaba, -o por lo menos hacía que trabajaba-, para
varias corporaciones rivales sin que ninguna se enterase… todavía.
¡La vida era dura en Nueva Washington! Y se le acumulaba el trabajo
en las últimas semanas más que en los meses anteriores.
Probablemente era debido a que Narita High Corp estaba investigando
algo nuevo, algo que parecía que iba a revolucionar el estado de las
corporaciones, o por lo menos de sus más directas competidoras: Bio
High Tech Stone y Genetics Union Labs. En algún sitio tenía metido
el último informe que había preparado para Union… aunque con el
revoltijo de papeles que tenía en aquel cuchitril al que llamaba
oficina, le sería imposible encontrarlo antes del final del
milenio.
Necesitaba una secretaria desesperadamente. Lo tenía difícil, la verdad; su última secretaria se había largado tres semanas atrás chillando como una loca que “aquello lo iba a hacer su madre si tenía ovarios”. No había acabado de entender a qué se refería, simplemente la había mandado a tomar vientos y le había cerrado la puerta en sus esculpidas posaderas (marca Stone, por supuesto). Desde entonces había sido incapaz de mantener ordenados los ficheros, no sólo los electrónicos –no se le daba muy bien aquello de la informática, la verdad es que la odiaba, y prefería mil veces un buen fichero de cartón lleno de folios; encontraba las cosas más fácilmente, por extraño que le sonase a algunos, y por imposible que pareciese en aquel maldito momento-, sino también los de papel.
Cogió un montón de folios de encima de la mesa y los metió en un archivador con la letra B escrita en tinta roja. Cuando estaba encarándose con el siguiente montón, sonó el teléfono.
-Sí, aquí estoy.-dijo con voz seria-. ¿Qué clase de ayuda?… Ajá… Ya veo… Tenéis un lío casi tan grande como el que tengo yo ahora mismo.-y se rió de modo estruendoso-. No hace falta que te preocupes, muñeca. O’Riordan se encargará de tu problemilla. En una hora más o menos me tienes en tu despacho. A tu disposición.-y se sonrió-. Nos vemos entonces, encanto… Ok, ok, nada de “encantos”.-y colgó pasándose una mano pecosa por la frente.- ¡Lo que me faltaba!- y suspirando se dirigió al armario metálico en el que guardaba sus abrigos.
Tendría que darse prisa. Aún tenía que pasar por su apartamento a buscar su pase acreditativo a la Zona Corporativa; y después que no le pusieran muchas pegas a la hora de entrar… aunque suponía que si eso pasaba, con llamar a la señorita Kayima estaría todo resuelto… o eso esperaba. Cogió su gabardina verde oscuro, su boina de los Cuerpos Especiales –recuerdo de viejos tiempos-, y salió dando un portazo, sólo para girarse cuatro pasos más allá y regresar a cerrar la cerradura magnética. ¡Demonios! ¡Se olvidaba de que ya no tenía secretaria!
Necesitaba una secretaria desesperadamente. Lo tenía difícil, la verdad; su última secretaria se había largado tres semanas atrás chillando como una loca que “aquello lo iba a hacer su madre si tenía ovarios”. No había acabado de entender a qué se refería, simplemente la había mandado a tomar vientos y le había cerrado la puerta en sus esculpidas posaderas (marca Stone, por supuesto). Desde entonces había sido incapaz de mantener ordenados los ficheros, no sólo los electrónicos –no se le daba muy bien aquello de la informática, la verdad es que la odiaba, y prefería mil veces un buen fichero de cartón lleno de folios; encontraba las cosas más fácilmente, por extraño que le sonase a algunos, y por imposible que pareciese en aquel maldito momento-, sino también los de papel.
Cogió un montón de folios de encima de la mesa y los metió en un archivador con la letra B escrita en tinta roja. Cuando estaba encarándose con el siguiente montón, sonó el teléfono.
-Sí, aquí estoy.-dijo con voz seria-. ¿Qué clase de ayuda?… Ajá… Ya veo… Tenéis un lío casi tan grande como el que tengo yo ahora mismo.-y se rió de modo estruendoso-. No hace falta que te preocupes, muñeca. O’Riordan se encargará de tu problemilla. En una hora más o menos me tienes en tu despacho. A tu disposición.-y se sonrió-. Nos vemos entonces, encanto… Ok, ok, nada de “encantos”.-y colgó pasándose una mano pecosa por la frente.- ¡Lo que me faltaba!- y suspirando se dirigió al armario metálico en el que guardaba sus abrigos.
Tendría que darse prisa. Aún tenía que pasar por su apartamento a buscar su pase acreditativo a la Zona Corporativa; y después que no le pusieran muchas pegas a la hora de entrar… aunque suponía que si eso pasaba, con llamar a la señorita Kayima estaría todo resuelto… o eso esperaba. Cogió su gabardina verde oscuro, su boina de los Cuerpos Especiales –recuerdo de viejos tiempos-, y salió dando un portazo, sólo para girarse cuatro pasos más allá y regresar a cerrar la cerradura magnética. ¡Demonios! ¡Se olvidaba de que ya no tenía secretaria!
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