miércoles, 10 de febrero de 2016

A- En marcha

Herr Lucius Buch siempre decía que su nombre era una trampa, que en el fondo daba a entender a qué se dedicaba realmente en el sótano de su relojería. Me lo solía decir guiñando exageradamente su único ojo azul, el izquierdo, y con una gran sonrisa medio torcida en los labios. Tal vez tenía cierta razón en lo que decía, aunque nunca tuve claro del todo si ese era su nombre de nacimiento, o si quizá lo había elegido él mismo como algún tipo de broma de la que poder reírse con quiénes mejor lo conocían. Aunque también era cierto que probablemente nadie llegase a conocerle nunca del todo; no parecía salir de la relojería y su sótano jamás, ni siquiera parecía tener otro lugar donde vivir. Cuándo le preguntaba al respecto, se reía con una gran carcajada que sonaba como una tempestad desatada y contestaba que allí tenía cualquier cosa que pudiese necesitar o desear. Pensándolo ahora, eran las únicas veces en las que parecía reír. Decía que verme le recordaba las cosas que había dejado atrás, pero que en el fondo eso no era nada malo, le gustaba lo que hacía demasiado como para plantearse siquiera ninguna otra posibilidad.
En realidad, en aquel entonces, yo tampoco tenía mucha idea de hacia dónde o hacia quién me había enviado mi abuelo cuándo todo comenzó. Era joven, inquieta, quería aprender todas las cosas del mundo que me rodeaba, y ayudar a mi abuelo, el célebre sir Adolphus Nightingale, relojero insigne e inventor de la primera máquina de cálculo a cuerda infinita de la historia. Su máquina era fabulosa, una maravilla de la relojería moderna, hecha con los mejores engranajes dorados y cobrizos, y que además funcionaba con algún extraño mecanismo de movimiento infinito que tenía a todos asombrados en los salones del Club Sócrates, del que era miembro destacado. En algún momento incluso había sufrido un intento de robo de los planos de la máquina, que, por suerte, se había quedado en eso: un simple intento.
Entonces fue cuando un simple resfriado que mi abuelo padecía se complicó, de modo que le resultó imposible moverse de su cama durante varias semanas, y provocó los hechos que me llevaron a cruzar mi camino por primera vez con Herr Buch. Los planes que mi abuelo había estado desarrollando en los últimos tiempos se fueron al traste con su enfermedad, y no le quedó más remedio que llamarme a su alcoba para, entre toses y carraspeos, confiarme aquéllo que tenía en mente hacer.
-Mi querida Ariel... -cogió aire, con cierta dificultad-. Necesito que hagas, a la mayor brevedad posible, el viaje que yo no puedo realizar en este momento.
Tosió un poco, intentando incorporarse. Yo me acerqué para ayudarle a sentarse más cómodamente.
-Ahí... en ese cajón... -señaló hacia su mesita de noche, estirando la mano como si pudiese agarrar aquéllo que le preocupaba tanto.
Abrí el cajón para encontrarme con un legajo de papeles pulcramente ordenados y unidos con una cinta de seda roja. Me dio tiempo a vislumbrar, antes de entregárselo, una serie de esquemas de engranajes y una extraña escritura que no reconocía.
-Debajo... -volvió a señalar al cajón-... está el mapa...
Tosió de nuevo, y se cubrió la boca y la nariz con un pañuelo.
El mapa al que hacía referencia señalaba cómo llegar a un pueblo perdido entre las montañas de Baviera, un sitio cuyo nombre no era capaz tampoco de reconocer: Mundholle. Miré a mi abuelo con curiosidad, esperando que me explicase algo de todo aquéllo.
-Tienes que ir a ese lugar... -agitó el legajo en dirección al mapa-... llevarle de vuelta esto a alguien llamado Herr Buch, antes de que caiga en malas manos... -tosió de nuevo con fuerza, hasta casi quedarse sin aliento-... Busca su tienda, él me lo enseñó todo, él sabrá...

Salí de la habitación con el legajo, el mapa y un billete para viajar en el próximo zeppelín hacia Munich en las manos, cuando la mujer que le atendía entró para encargarse de él.

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