Herr Lucius Buch siempre decía que su
nombre era una trampa, que en el fondo daba a entender a qué se
dedicaba realmente en el sótano de su relojería. Me lo solía decir
guiñando exageradamente su único ojo azul, el izquierdo, y con una
gran sonrisa medio torcida en los labios. Tal vez tenía cierta razón
en lo que decía, aunque nunca tuve claro del todo si ese era su
nombre de nacimiento, o si quizá lo había elegido él mismo como
algún tipo de broma de la que poder reírse con quiénes mejor lo
conocían. Aunque también era cierto que probablemente nadie llegase
a conocerle nunca del todo; no parecía salir de la relojería y su
sótano jamás, ni siquiera parecía tener otro lugar donde vivir.
Cuándo le preguntaba al respecto, se reía con una gran carcajada
que sonaba como una tempestad desatada y contestaba que allí tenía
cualquier cosa que pudiese necesitar o desear. Pensándolo ahora,
eran las únicas veces en las que parecía reír. Decía que verme le
recordaba las cosas que había dejado atrás, pero que en el fondo
eso no era nada malo, le gustaba lo que hacía demasiado como para
plantearse siquiera ninguna otra posibilidad.
En realidad, en aquel entonces, yo
tampoco tenía mucha idea de hacia dónde o hacia quién me había
enviado mi abuelo cuándo todo comenzó. Era joven, inquieta, quería
aprender todas las cosas del mundo que me rodeaba, y ayudar a mi
abuelo, el célebre sir Adolphus Nightingale, relojero insigne e
inventor de la primera máquina de cálculo a cuerda infinita de la
historia. Su máquina era fabulosa, una maravilla de la relojería
moderna, hecha con los mejores engranajes dorados y cobrizos, y que
además funcionaba con algún extraño mecanismo de movimiento
infinito que tenía a todos asombrados en los salones del Club
Sócrates, del que era miembro destacado. En algún momento incluso
había sufrido un intento de robo de los planos de la máquina, que,
por suerte, se había quedado en eso: un simple intento.
Entonces fue cuando un simple resfriado
que mi abuelo padecía se complicó, de modo que le resultó
imposible moverse de su cama durante varias semanas, y provocó los
hechos que me llevaron a cruzar mi camino por primera vez con Herr
Buch. Los planes que mi abuelo había estado desarrollando en los
últimos tiempos se fueron al traste con su enfermedad, y no le quedó
más remedio que llamarme a su alcoba para, entre toses y carraspeos,
confiarme aquéllo que tenía en mente hacer.
-Mi querida Ariel... -cogió aire, con
cierta dificultad-. Necesito que hagas, a la mayor brevedad posible,
el viaje que yo no puedo realizar en este momento.
Tosió un poco, intentando
incorporarse. Yo me acerqué para ayudarle a sentarse más
cómodamente.
-Ahí... en ese cajón... -señaló
hacia su mesita de noche, estirando la mano como si pudiese agarrar
aquéllo que le preocupaba tanto.
Abrí el cajón para encontrarme con un
legajo de papeles pulcramente ordenados y unidos con una cinta de
seda roja. Me dio tiempo a vislumbrar, antes de entregárselo, una
serie de esquemas de engranajes y una extraña escritura que no
reconocía.
-Debajo... -volvió a señalar al
cajón-... está el mapa...
Tosió de nuevo, y se cubrió la boca y
la nariz con un pañuelo.
El mapa al que hacía referencia
señalaba cómo llegar a un pueblo perdido entre las montañas de
Baviera, un sitio cuyo nombre no era capaz tampoco de reconocer:
Mundholle. Miré a mi abuelo con curiosidad, esperando que me
explicase algo de todo aquéllo.
-Tienes que ir a ese lugar... -agitó
el legajo en dirección al mapa-... llevarle de vuelta esto a alguien
llamado Herr Buch, antes de que caiga en malas manos... -tosió de
nuevo con fuerza, hasta casi quedarse sin aliento-... Busca su
tienda, él me lo enseñó todo, él sabrá...
Salí de la habitación con el legajo,
el mapa y un billete para viajar en el próximo zeppelín hacia
Munich en las manos, cuando la mujer que le atendía entró para
encargarse de él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario