Sara ya era mayor. Podía notarlo por el dolor en la espalda y la horrible jaqueca que la acompañaban de vez en cuando desde hacía un tiempo; pero, sobre todo, se había dado cuenta de lo mayor que era, y que sería, por el martilleante sonido del despertador que la avisaba de que eran ya las seis y media de la mañana. No es que fuera la primera vez que se levantaba a esa hora, llevaba haciéndolo desde que había empezado a trabajar en el Centro Comercial; sin embargo, ese día, los años le habían caído de pronto encima como una losa que la mantuviese inmóvil sobre el colchón, incapaz de mover la mano para apagar el repiqueteo incesante de la campanilla del despertador. Era una losa informe, sorpresiva y definitivamente con una inconmensurable falta de sentido de la oportunidad. Como pudo, intentó echarla a un lado para estirar torpemente el brazo y apagar de una vez la alarma que le taladraba los oídos. Suspiró, cogió aire en los pulmones, y con un gran esfuerzo, se deshizo por fin de la maldita losa. “Hoy no”.-se dijo-. “No has elegido un buen día para llegar”. Y se incorporó en cama lo mejor que pudo. Levantarse y escoger la ropa adecuada fueron movimientos automáticos que llevó a cabo sin grandes problemas; igual que la ducha matutina y el vestirse. Eran cosas que llevaba haciendo sola desde los cinco años, así que veinticinco de práctica le habían servido no tanto para depurar la técnica como para poder hacerlo por fin sin cometer errores del tipo: ponerse calcetines de pares distintos o una camiseta del revés. Volvió a suspirar, lo más difícil de los días normales había pasado, pero tenía que recordar que aquél no sería precisamente un día “normal”.
Ya en la cocina, colocó un post-it en la nevera para recordarse a la sí misma del futuro que debería comprar leche, galletas, mermelada y alguna otra cosa que en ese preciso momento no podía recordar. Desayunó con la falta de tranquilidad y tiempo habitual en ella y echó los cacharros sucios al fregadero. Volvió a suspirar y miró el reloj con forma de vaca que colgaba en la pared sobre su cabeza. Las siete y media; todavía le quedaba cerca de una hora. Y se dirigió a la puerta principal del apartamento con una sonrisa que no terminaba de comprender, pues realmente empezaba a sentir esas libélulas en la barriga, las que notaba cuando se ponía francamente nerviosa.
¡Riiiinnnnggg! ¡Riiiiinnnngggg! El teléfono. Descolgó al tercer timbrazo.
-¿Diga? -dijo después de carraspear, pensando en quién sería el insensato que llamaba por teléfono a alguien a las siete y media de la mañana. Que ese alguien estuviese ya despierto y a punto de salir a trabajar era pura coincidencia, por supuesto.
-¿Sara? Soy yo, Laura. -sí, no cabía duda de que la voz era la de su hermana mayor.- Mira, te llamaba para que te acuerdes de que hoy te llevo a Arabel. ¿A eso de las cinco?
-Sí. -suspiró de nuevo-. A esa hora me va bien. -las libélulas empezaron a hacer picados acrobáticos en su estómago, chocando unas contra otras y volviendo a empezar.
-Pues vete preparando, porque ya está despierta preparando su maleta y planeando lo que váis a hacer. -la oyó reirse al otro lado del hilo telefónico. ¿Era sadismo lo que notaba en su risa?- Que sepas que se llevará al Señor Blanco. -remató.
-¿Ese amigo suyo invisible? -preguntó, intentando disimular el temblor en la voz.
-No, mujer. El Señor Blanco es el gato. -y volvió a reírse. ¿Burla tal vez?
-¡Ah!¡Eso lo soluciona todo! -le salió del alma.- ¡Tres al precio de uno!
-¿Te molesta que lo lleve? Es que ella lo quiere tanto…. -y al oír la pena en la voz de Laura se sintió tremendamente culpable.
-No, mujer. Ya sabes que adoro a los gatos. Si tuviera tiempo tendría uno. En serio, no me molesta que lo traiga. Sólo tendré que apuntar la “comida para gatos” en la lista de la compra. -se acordó entonces de la hora y miró el reloj. Menos veinte.- Bueno, nena, te dejo, que me tengo que ir a trabajar.
-¿A las cinco? -le oyó decir otra vez.
-Sí, a las cinco. Un beso a Pablo. Chao.
-Chao. -y colgó.
Cuando se dirigía a la puerta lo oyó. ¡Toc, toc! Dos golpes de nudillos contra madera. ¿Quién demonios llamaba a la puerta -sin usar el timbre- a las ocho menos veinte de la mañana? Le pareció sufrir un “deja vú”. Pero como iba a salir, le dio un poco más igual que antes. Miró por la mirilla, y volvió a mirar de nuevo. Siete de junio… No, hasta donde sabía, nadie celebraba los Carnavales en siete de junio. Así que abrió la puerta y dijo lo de siempre:
-No me interesa comprar nada. -mientras miraba al hombre frente a ella de arriba a abajo.

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